Es triste sentir como te apagas a los treinta y tres años, y darte cuenta que la enfermedad de la desilusión cada vez hace más estragos en lo más profundo; la factura de orange es testigo de conversaciones que se repiten una y otra vez, siempre desde la línea de partida, aunque exhausto de emprender muchas carreras sin llegar nunca a la meta.

El corazón se me endurece y hecho de menos, como tú, el abrirme en canal a la ilusión de lo imposible.

Los veinte y tantos ya no son los treinte y tantos, como me dices, pero sigo en el mercao, vociferando con un producto que nadie compra y del que necesito empezar a dar pases vips, porque mi alma ya no se puede permitir el lujo de la desilusión.